Los 7 contra Tebas

PERSONAJES:

Acción: en Tebas

Fue estrenada el 467 a. C.

Arenga de Eteocles

La ciudad está sitiada por su hermano Polinices

La obra se inicia con una arenga de Etéocles a los ciudadanos de Tebas, ciudad sitiada por el ejército de su hermano Polinices.

Sacrificio de un toro en el campamento enemigo

Han jurado destruir Tebas

A continuación llega un explorador y describe el sacrificio de un toro en el campamento de los enemigos.

Cuenta que éstos han jurado destruir Tebas y han sorteado cuál de ellos llevará sus tropas al asalto de cada puerta de la ciudad.

Y añade: "Se acerca en son de guerra el ejército argivo. Van avanzando, se levanta una polvareda y nuestros campos quedan manchados con la blanca espuma que expulsan sus jadeantes corceles".

Derrotismo del coro ante el peligro

Eteocles reprende al coro

El Coro, compuesto por jóvenes tebanas, ratifica las palabras del explorador: "En vanguardia se lanza al galope una oleada inmensa, la caballería. Así me lo asegura, mensajera muda, pero clara y veraz, la repentina polvareda que veo subir hasta los cielos... El suelo de mi tierra, hollado por los cascos de los caballos... retumba como el torrente invencible que bate los flancos de la montaña..."

Ante tal peligro, el Coro muestra su derrotismo: "¿Qué puedo hacer yo, sino caer de rodillas ante las estatuas de nuestros dioses?... ¿Cuándo, si no es ahora, vamos a recurrir a los velos y a las coronas de los suplicantes?"

Eteocles se enfrenta con este coro de mujeres, asustadas por los horrores de la guerra. Las reprende despiadadamente, les ordena que guarden silencio y que se vayan a su casa, temeroso de que su desmoralización se contagie a los guerreros: "Os pregunto a vosotras mismas, criaturas insufribles: ¿es esta actitud la que conviene adoptar y la que salvará a la ciudad? ¿Es que va a infundir ánimos a este pueblo sitiado el postrarse gritando, profiriendo aullidos que asustan a las gentes sensatas, ante las estatuas de los dioses protectores de la ciudad de Tebas? ¡Que el cielo me guarde de la mujer, tanto en la desgracia como en la dulce prosperidad! Cuando es dueña de la situación, se convierte en audaz e intratable. Cuando la domina el miedo, es un azote aún peor para su casa y para la ciudad. Ahora mismo, con vuestras insensatas carreras por la ciudad, habéis contagiado vuestro temor a los ciu­dadanos y fomentado la cobardía... Todo aquel que no obedezca mis órdenes... no podrá escapar a la muerte por lapidación a manos del pueblo".

El Coro trata de justificar su proceder miedoso ante el rapapolvo del rey, que contesta a la corega: "Que nuestras murallas rechacen al ejército enemigo; ¡esa es la plegaria que hay que hacer! Hasta tal punto, que será en interés de los propios dioses. ¿No se dice que los dioses abandonan una ciudad conquistada?... No te limites a invocar a los dioses, mientras actúas con cobardía. La obediencia al mando es la clave del éxito y asegura la salvación de la vida... No te niego el derecho de rendir honores a los dioses, pero, si no quieres sembrar la cobardía en el corazón de los ciudadanos, quédate tranquila y no reboses demasiado miedo".

Súplicas a los dioses

Eteocles dice que él se colocará en una de las puertas

El Coro insiste en sus súplicas a los dioses: "¡Dioses de la ciudad,... no abandonéis nuestras murallas,... no nos dejéis caer en la esclavitud!"

Etéocles contesta: "¡Eres tú quien te entregas a la esclavitud! ¡Y a mí! ¡Y a toda la ciudad!... Hago el voto de que, si todo acaba bien, si se salva nuestra ciudad, rociaré con sangre de ovejas los altares de los dioses, para celebrar nuestra victoria... y erigiré trofeos, colgando como ofrendas en los muros de sus templos, las vestiduras y el botín tomado a nuestros enemigos... He aquí los votos que yo te ordeno formular, en lugar de entregarte complaciente a esos gemidos, a esos gritos... tan vanos como salvajes, que no te harán escapar del destino".

"Yo voy a colocar en las siete puertas de nuestras murallas, para hacer frente al ene­migo, a seis guerreros; yo seré el séptimo..."

El Coro sigue entonando súplicas a los dioses y describiendo los horrores de la toma y saqueo de una ciudad.

Eteocles describe a cada uno de los caudillos

El mensajero cuenta lo que ocurre en el campamento enemigo

Llega un mensajero, que cuenta lo que ocurre en el campo enemigo y cómo cada caudillo se sitúa frente a la puerta que le ha correspondido en suerte. Etéocles va diciendo qué caudillo tebano se enfrentará a cada caudillo enemigo. La descripción de cada uno de ellos resulta un tanto prolija.

El mensajero repite las palabras dirigidas a Polinices por el sexto guerrero argivo, "el más valeroso adivino, el fuerte Anfiarao": "¡Qué gesta tan heroica! ¡Qué grata a los dioses celestiales! ¡Gloriosa de escuchar y digna de ser repetida por la posteridad! ¡Destruir el país de tus padres y a los dioses de tu propia raza, lanzando contra ellos un ejército extranjero! ¿Es que hay alguna razón que permita cegar la fuente materna? ¿Acaso la tierra de tu patria, conquistada por la lanza, gracias a tus maquinaciones, podrá solidarizarse nunca con tu causa?"

Eteocles se asigna la séptima puerta

Es la misma que ha tocado0 en suerte a Polinices

Etéocles se asigna a sí mismo la séptima puerta, que es la que la suerte ha fijado para Polinices. De este modo el Destino hace que se enfrenten personalmente ambos hermanos y que la maldición de su padre, Edipo, se cumpla de modo inevitable.

Así lo anuncia el mensajero: "Pasaré ahora al séptimo caudillo. Helo aquí, ante la séptima puerta: tu propio hermano. ¡Qué maldiciones profiere y qué triste suerte pide a los dioses para esta ciudad! Quiere, tras haber escalado nuestras murallas, ser aclamado como vencedor en su tierra..., medirse contigo en combate y, entonces, matarte o caer muerto a tu lado o, si deja vivo a quien le ha privado de sus derechos, tomarse sobre ti una venganza igual, condenándote a un destierro que te arroje... lejos de Tebas".

Eteocles decide luchar personalmente contra Polinices, a pesar de que el Coro recrimina esta actitud: "Te muerde con diente cruel un ansia salvaje, que te arrastra a llevar a cabo... el derramar una sangre que te está prohibido verter".

A lo que responde Etéocles: "A partir de ahora los dioses no se cuidan de mí. Para ellos lo único que tiene algún valor es la ofrenda de mi muerte. ¿Tendría yo alguna razón para halagar a un destino que me hace desaparecer?".

Maldiciones de Edipo

Un mensajero anuncia el final de la lucha fratricida

El Coro describe el triste destino de Edipo, "que profirió con amarga lengua las maldiciones...".

Llega un mensajero anunciando el final de la lucha fratricida:
"La ciudad se ha librado del yugo de la esclavitud. Se ha visto cómo se desvanecían las bravatas de esos poderosos guerreros. Tebas permanece en calma y no ha hecho agua, a pesar de los repetidos embates de las embravecidas olas. La protegen sus murallas y hemos defendido sus puertas con campeones capaces de defenderlas... Tebas se ha salvado, pero los reyes hermanos, ... los dos jefes de ejército,... la descendencia de Edipo... han muerto desgarrándose con manos fraternas..."

El coro lamenta que se haya cumplido la maldición

Antígona e Ismene van tras los cadáveres de sus hermanos

Lamentaciones del Coro: "¡Oh negra y ya cumplida maldición de Edipo y de su estirpe!..."

Aparecen en escena Antígona e Ismene, hermanas de los muertos. Antígona viene tras el cadáver de Polinices; Ismene, tras el de Etéocles. Lloran a ambos y plantean una polémica con el heraldo; este anuncia: "Debo proclamar aquí lo que ha juzgado y decretado el Consejo del Pueblo de esta ciudad de Cadmo. Para éste, Etéocles, por su amor a la patria, se ha decretado que sea sepultado y se le tributen piadosas honras fúnebres: lleno de odio hacia nuestros enemigos, ha querido morir en su patria... En cambio, para el cadáver de su hermano, para Polinices, se ha decretado que sea arrojado fuera de nuestras murallas y se le deje insepulto, como presa para los perros, puesto que habría sido el destructor de este país de Cadmo, si un dios no se hubiera opuesto a su lanza..."

Antígona protesta contra el decreto del nuevo rey

Afirma que el cadáver de Polinices no quedará insepulto

Antígona protesta indignada: "Pues yo les digo... a los jefes de los cadmeos: si nadie quiere ayudarme a enterrarlo, lo enterraré yo misma. Estoy dispuesta a afrontar el riesgo que supone enterrar a mi hermano, sin avergonzarme de ser desobediente y rebelde a los gobernantes de mi ciudad... Este cadáver no va a quedar sin sepultura".

El coro lamenta la triste muerte de Polinices

El Coro se dirige al cadáver de Polinices y después al de Etéocles. Lamenta la triste suerte del primero y se divide en dos semicoros, que acompañan respectivamente a uno y otro hermano.