Edipo Rey

PERSONAJES:

Acción: en una región montañosa en los límites del mundo, no lejos del mar

Obra consagrada a la idea de la justicia, garantizada por Zeus.

Sus protagonistas son dioses: Cratos (Fuerza), Bíos (Violencia), Hefesto, Océano, Mermes, Ío (hija de Inaco).

El coro está formado por las Oceánidas.

 

Cratos y Bíos llevan preso a Prometeo

Hefesto les sigue con sus instrumentos de Herrero

El titán Prometeo ha proporcionado a sus amigos, los hombres, el fuego divino, contrariando con ello los planes de Zeus. Éste ordena que el culpable sea encadenado a una roca en la cumbre del Cáucaso.

La escena se desarrolla, pues, en un paraje montañoso y abrupto de la Escitia, no lejos del mar.

Cratos y Bíos conducen al suplicio a Prometeo, cargado de cadenas. Detrás camina Hefesto, el herrero divino, con sus herramientas de trabajo.

Cratos le habla así:"Hefesto, debes cumplir ya las órdenes que te ha dictado tu padre; encadena a este bandido, mediante los irrompibles nudos de unas cadenas de buen acero, sobre las rocas de estas escarpadas cumbres".

En su diálogo con Cratos, Hefesto manifiesta su disgusto, pero debe obedecer al soberano de los dioses. Encadena a la roca a Prometeo, que durante la triste operación guarda silencio.

Prometeo

Encadenado por haber hecho un don a los mortales

Cuando se queda solo, presto a afrontar su destino, profiere la famosa monodia: "Oh, éter divino, oh vientos de rápidas alas, oh aguas de los ríos, oh sonrisa innumerable de las olas del mar... y tú, sol, ojo que todo lo ve:¡ved lo que un dios sufre por  los dioses!... Ninguna desgracia que yo no haya previsto caerá sobre mí. Me es preciso soportar... la suerte que se me ha asignado y comprender que no se puede luchar contra la fuerza del destino. Sin embargo, me es también imposible aguantar en silencio este infortunio, pues, ¡mísero de mí!, estoy sometido al yugo de estas cadenas, por haber hecho un don a los mortales. Un día, en el hueco de una caña, les llevé mi botín, la semilla del fuego que yo había robado y que se ha revelado para los hombres como maestro de todas las artes, como un recurso que no tiene precio. He aquí la falta por la que pago a los dioses el castigo de estar aherrojado aquí, frente al cielo, por estas cadenas".

Oceánides

Deploran la suerte de Prometeo

Desde el mar oyen sus tristes lamentos las Oceánides. El coro de éstas, que se acerca en un carro alado, deplora la suerte de Prometeo: "Prometeo, estoy viéndote y una medrosa niebla, preñada de lágrimas, nubla mis ojos, al contemplar sobre esa roca tu cuerpo, que se marchita aherrojado en esos ignominiosos nudos de acero. Nuevos dueños manejan el timón en el Olimpo; en virtud de leyes nuevas, Zeus ejerce un poder sin límites y va destruyendo hoy a los colosos de antaño".

Con el tiempo volverá la amistad con Zeus

Gracias a su regalo los hobres aprenderán innumerables artes

Prometeo muestra su esperanza: "¡Pues bien!... Día vendrá... en que tenga necesidad de mí el soberano de los dioses, si es que quiere saber qué ineludible destino debe despojarle de su cetro y de sus honores. Entonces,... ni los sortilegios de una elocuencia, de palabras dulces como la miel, podrán seducirme, ni el espanto de sus más duras amenazas me obligarán a revelar este secreto, a menos que él me haya soltado de estas feroces ligaduras y consienta en pagar el castigo que me debe por semejante ultraje... Cuando Zeus haya... dejado apaciguar su crudo rencor... concluirá un pacto de alianza y amistad conmigo, y yo también estaré dispuesto a ello".

Prometeo añade: "Yo he librado a los mortales de estar pensando siempre en la muerte... Yo les infundí ciegas esperanzas... Y, además de esto, les hice el presente del fuego... gracias al cual aprenderán innumerables artes".

Océano

Llega en un carro tirado por un grifo

Las Oceánidas descienden de su carro alado.

Océano se presenta en un carro tirado por un grifo. Ofrece su amistad a Prometeo. Se presta a ayudarle y le aconseja que deponga su soberbia actitud y muestre una juiciosa sumisión al omnipotente Zeus: "Quiero darte un solo consejo... Toma conciencia de quién eres tú y, adaptándote a la situación actual, adopta actitudes nuevas, puesto que es un nuevo soberano quien reina sobre los dioses... Vamos, infortunado, depón tu cólera y trata de librarte de estas torturas... Estás cobrando el salario de una lengua demasiado insolente. A pesar de todo, no eres aún humilde, no cedes ante el sufrimiento y, a tus males presentes, pretendes añadir otros... Deja de dar coces contra el aguijón".

Largo monólogo del coro

Expone los grandes bienes que Prometeo procuró a los hombres

Prometeo acoge con ironía estos consejos de Océano, le agradece su buena voluntad y le aconseja, a su vez, que se mantenga al margen de este asunto, si no quiere incurrir en las iras de Zeus.

Se aleja Océano y el Coro llora por Prometeo.

Tras un largo silencio, éste inicia un largo monólogo, en el que trata de exponer los grandes bienes que procuró a los hombres, que antes habitaban bajo la tierra, como las hormigas, en el fondo de grutas sin sol. Es una verdadera historia de la civilización: ha legado a los mortales las artes de la madera, la astronomía, el número, la escritura, la agricultura, la navegación, la medicina, la adivinación, la interpretación de los sueños, la minería; en resumen, todas las artes.

Prometeo está, además, convencido de que Zeus no podrá evitar su inexorable destino. Él lo oculta, ya que sólo así podrá librarse de sus cadenas y calamidades.

Ío

Le comenta su desgraciado peregruinaje

Entra en escena, con cuernos de vaca, Ío, hija de Inaco, perseguida sin tregua por un tábano, víctima de la cólera de la celosa Hera. Prometeo le cuenta su desventura. Después, a ruegos de la corifeo, Ío cuenta su historia: cómo fue metamorfoseada en vaca, guardada por Argo,...

Prometeo le informa de cómo acabará su desgraciado peregrinaje. Después está a punto de revelar su secreto:
"Zeus contraerá unas nupcias de las que se arrepentirá un día".

No dice con quién será esta boda. Sólo aclara que la esposa parirá un hijo más fuerte que el padre. Sólo él, Prometeo, podrá librar a Zeus de semejante infortunio, cuando uno de los descendientes de Ío lo haya liberado de sus cadenas:
"Me librará de estos sufrimientos uno de tus descendientes,... célebre por su arco..."

Ío abandona precipitadamente la escena y Prometeo insiste en el destino que le aguarda a Zeus: "Día vendrá... en que Zeus, por muy arrogante que ahora sea su corazón, se mostrará muy humilde, porque la boda que se dispone a celebrar le derribará, aniquilado, de su poder absoluto y de su trono. Entonces se cumplirá plenamente la maldición que imprecó contra él Cronos, su padre, el día que fue derrocado de su antiguo trono. Ningún dios podrá desviar de él tales desastres, ni se los sabrá revelar con claridad, excepto yo".

Hermes

No consigue que le revele su secreto

Llega Hermes, el mensajero divino, e intenta sonsacar a Prometeo de qué boda se trata. Prometeo se niega a revelar su secreto: "No conseguirás sonsacarme nada de lo que venías a buscar de mí... Prefiero estar encadenado a esta roca a ser fiel mensajero de Zeus, padre de los dioses".

De nada sirven los ruegos y las amenazas de Hermes:
"En primer lugar, mi padre hará saltar en pedazos esta escarpada cima, con su trueno y la llama de su rayo; tu cuerpo, enterrado, no tendrá otro lecho funerario que el abrazo de la roca.

Cuando haya transcurrido una larga serie de días, volverás de nuevo a la luz.

Pero entonces, el perro alado de Zeus, el águila sanguinaria, desgarrando ferozmente tu cuerpo, lo convertirá en un enorme guiñapo y, convertida en comensal asiduo, vendrá día tras día, sin que nadie la invite, y se alimentará a placer con el negro manjar de tu hígado...".

El coro se solidariza con Prometeo

Detesta a los traidores

El Coro muestra su solidaridad con Prometeo: "Quiero acompañarlo en sus sufrimientos. He aprendido a odiar a los traidores: no hay vicio más execrable que el de la traición".

Cataclismo

Se produce un enorme cataclismo; se hunden la tierra y el cielo, se resquebraja la roca a la que está encadenado Prometeo y éste desaparece precipitado en el abismo.

Heracles, más adelante, le liberará de sus cadenas