Lisístrata

PERSONAJES:

Acción: en Atenas

Estrenada el 411 a. C.

En el 411 a.C se reanuda la guerra del Peloponeso y Atenas se halla al borde de la derrota y de una guerra civil.

La ateniense Lisístrata, dotada de una brillante imaginación y de gran energía, no cree en la sensatez de los hombres, al ver que no son capaces de hacer la paz entre Esparta y Atenas.

Viendo que la ruina amenaza a su patria, decide obligar a los contendientes a firmar tan ansiada paz.

Para conseguirlo recurre a una original huelga amorosa. Convence a las mujeres de ambos bandos, para que nieguen a sus maridos toda relación sexual, hasta que se haga la paz. La huelga de amor de las mujeres hará capitular a los hombres.

 

 

Lisístrata

Ha convocado a todas las mujeres para proponerlas un plan para conseguir la paz

Al principio de la obra, Lisístrata dice a Cleonica: "Hay un asunto sobre el que llevo investigando y meditando durante muchas noches de insomnio... Tan delicado, que la salvación de la Hélade entera depende de las mujeres... Si se reúnen aquí las mujeres, las de Beocia, las del Peloponeso y nosotras mismas, todas unidas salvaremos la Hélade... Yo espero que nos salvarán los vestiditos de color azafrán, los perfumes,... los zapatos y las camisitas transparentes,... de suerte que ya no se volverá a ver a los hombres llevar la lanza los unos contra los otros,... ni tomar el escudo,... ni tan siquiera una daga..."

Van llegando mujeres de Esparta, Beocia, Corinto,...

Propuesta de Lisístrata

Ir a la huelga y apoderarse de la Acrópolis

Lisístrata las recibe con estas palabras: "¿Es que no echáis de menos a los padres de vuestros niños, a los que la campaña militar retiene lejos de vosotras?... Si yo encontrara una artimaña para poner fin a la guerra, ¿estaríais de acuerdo en colaborar conmigo?"

Todas afirman.

Lisístrata continúa su discurso: "Si queremos forzar a nuestros maridos a hacer la paz, nosotras debemos abstenernos... del miembro viril..."

Ahora protestan todas, salvo la espartana, que está dispuesta a colaborar y demuestra la viabilidad del proyecto.

Insiste Lisístrata: "Si nos quedáramos en casa bien acicaladas y nos paseáramos desnudas en nuestras camisitas transparentes... y, cuando los hombres, encandilados... quisieran acostarse con nosotras..., en lugar de complacerles, los rechazáramos,... estoy segura de que harían enseguida la paz..."

Una mujer objeta: "¿Y si nos cogen a la fuerza y nos meten a la fuerza en la alcoba?"

Lisístrata puntualiza: "Un hombre nunca tendrá placer, si no va de acuerdo con la mujer".

Y continúa: "Vamos a apoderarnos de la Acrópolis".

Juramento de las mujeres

Jamás, de buen grado, cederé a los requerimeintos de un hombre

Las mujeres pronuncian el siguiente juramento: "Ningún hombre en el mundo, ni amante, ni marido, se me acerque en erección... y, en mi casa, viviré sin hombre alguno,... con mi vestido color azafrán y bien acicalada... para que mi marido arda en deseos de poseerme,... y jamás, de buen grado, cederé a los requerimientos de mi hombre...Y, si, a pesar mío, él me hace violencia, me prestaré a ello de mala gana y no me abrazaré a él..."

La mujeres ocupan la Acrópolis

Un coro de ancianos intenta recuperarla

Acto seguido se dirigen a los Propíleos.

Las más viejas han ocupado ya la Acrópolis, donde se guarda el tesoro público, con lo que cortan los medios de financiar la guerra.

Llega un coro de ancianos, que expresan su sorpresa: "¿Quién habría imaginado nunca que las mujeres... tendrían en su poder la sagrada imagen (de Atenea), tras haberse apoderado de mi Acrópolis, y que cerrarían con cerrojos los Propíleos...?

El corifeo propone quemarlas vivas, amontonando en torno de ellas troncos y prendiéndoles fuego; intenta quemar las puertas de la Acrópolis, pero llega el coro de mujeres con cántaros de agua.

Tras un animado diálogo entre ambos coros, las mujeres echan agua a los viejos, que retroceden.

Un Comisario del Pueblo acude para poner orden

Lisístrata contesta al Comisario del Pueblo

Para sofocar el tumulto llega un Comisario del Pueblo, acompañado por arqueros escitas, es decir, por miembros de la policía ateniense. Uno de éstos intenta detener a Lisístrata, que le pone en fuga. Las mujeres de la Acrópolis atacan en masa y los arqueros huyen.

El Comisario pregunta a Lisístrata: "¿Con qué intención cerrasteis nuestra ciudadela?"

Lisístrata expone sus razones: "Para poner en lugar seguro el dinero e impediros hacer la guerra por él... Seremos nosotras las que lo administremos... ¿Qué es lo que tú encuentras de extraño en ello? ¿No somos nosotras las que os administramos siempre el dinero de la casa?... No es necesario hacer la guerra... Durante los primeros tiempos de ésta, nosotras, con la moderación que nos caracteriza, soportábamos todo lo que vosotros, los hombres, hicierais, porque no nos dejabais abrir la boca,... pero no nos gustaba lo que hacíais... Cuando tomabais decisiones funestas, ni siquiera se nos permitía aconsejaros... Pero, cuando oímos decir públicamente que no hay auténticos hombres en este país..., hemos decidido..., en una reunión de mujeres, trabajar de común acuerdo para salvar a la Hélade. ¿De qué habría servido esperar? Si vosotros, a vuestra vez, queréis escucharnos, cuando os demos consejos sensatos, y callaros, como hacíamos antes nosotras, podríamos corregir vuestros errores. Como cuando, al hilar, se nos ha enredado un ovillo y lo desenredamos metiendo nuestros husos por un lado y por otro, del mismo modo desenredaremos esta guerra, si nos permitís hacerlo, separando los cabos por medio de embajadas de aquí y de allá... Para empezar, como se hace con el vellón de lana sucia, una vez lavado en la pila y haberle quitado la grasa de la ciudad, habría que varearlo... hasta eliminar las impurezas y los pelos duros, es decir, quitar a esos que se apelotonan para ocupar los cargos públicos, separarlos cardando y arrancarles las cabezas una a una; después, habría que reunir en un solo cesto a aquellos que aman el bien común y general, mezclando con ellos a los metecos y, de los extranjeros, a aquellos que son amigos nuestros... En cuanto a las ciudades pobladas por colonos procedentes de este país, habría que reconocer que son, para nosotros, como hebras de lana caídas al suelo, cada una en su sitio; y luego, cogiendo los hilos de todos ellos, traerlos aquí, reunirlos en un solo montón, en una gran pelota, y tejer con todos ellos un manto para el pueblo... En la guerra sufrimos las mujeres más del doble que vosotros; en primer lugar, tras parir a nuestros hijos, los hemos enviado lejos a luchar como hoplitas. Después, cuando deberíamos... dis­frutar de nuestra juventud, dormimos solas a causa de las expediciones militares... Me inspiran verdadera lástima las jóvenes solteras, que envejecen en sus casas... En cambio, al volver de la guerra, un hombre, por muchas canas que tenga, se casa pronto con una muchacha joven..."

Los argumento pacifistas y el manifiesto feminista esgrimidos por Lisístrata no convencen al Comisario ni al coro masculino.

Pretextos de la mujeres para regresar a casa

Lisístrata lo impide con dificultad

Las mujeres encerradas en la Acrópolis inventan los pretextos más peregrinos para hacer alguna escapada.

Lisístrata se las ve y se las desea para impedir las deserciones: "No soy capaz de mantenerlas alejadas de sus hombres; se me escapan. Acabo de sorprender a una, cuando ensanchaba el boquete que da paso a la cueva de Pan; a otra, cuando se descolgaba con la ayuda de un cabrestante; a otra, cuando se pasa­ba al enemigo;... Buscan toda clase de pretextos para volver a casa... Echáis de menos, sin duda, a vuestros hombres: y ¿no creéis que también ellos nos echan de menos a nosotras?"

Cinesias

Mirrina finge querer complacer a Cinesias

Llega Cinesias, marido de Mirrina, una de las encerradas en la Acrópolis.

Aconsejada por Lisístrata, Mirrina finge querer complacerlo y luego lo rechaza diciéndole: "Hasta que no os reconciliéis y terminéis la guerra..."

La escena que protagonizan ambos esposos rebosa comicidad. Es un tanto escabrosa, pero exenta de concesiones al mal gusto. El marido le suplica con insistencia cómica y ella se libra de su acoso sexual con suma gracia y desenvoltura.

Heraldo espartano

La situación en Esparta es insufrible

Lega un heraldo espartano y expone su misión: "He venido de Esparta para negociar la paz... Necesitamos a nuestras mujeres... Todas... rechazan mantener relaciones sexuales con sus maridos... hasta que todos, de común acuerdo, hayamos firmado la paz en la Hélade"

Al final ceden los hombre y se firma la paz

Banquete de reconciliación en la Acrópolis

Ambos coros, de hombres y mujeres, se unen.

Lisístrata hace de mediadora entre los contendientes: "Quiero haceros a todos unos justos reproches, puesto que vosotros rociáis los altares con una ablución común, como hijos que sois de una misma familia, en Olimpia, en las Termopilas, en el santuario de Delfos... Y luego, mientras los bárbaros, vuestros enemigos, se presentan en son de guerra, matáis a los helenos y arrasáis sus ciudades... ¿Por qué, entonces, cuando os habéis hecho mutuamente tantos favores, os hacéis ahora la guerra y no deponéis vuestro rencor? ¿Por qué no os reconciliáis? Vamos a ver, ¿qué os lo impide?... Ahora, pues, pensad en purificaros, para que nosotras, las mujeres, os agasajemos como huéspedes en la Acrópolis... Intercambiad allí vuestros juramentos y vuestras promesas de lealtad. Y luego, cada uno de vosotros cogerá a su mujer y se irá".

Todos entran en la Acrópolis dispuestos a celebrar un banquete de reconciliación y juran la paz.

Un ateniense declara: "Jamás he visto un festín semejante. Por cierto que los laconios estaban encantadores. Y nosotros, en cuanto bebimos vino, fuimos unos convidados la mar de ingeniosos".

Los dos coros, formados por espartanos y atenienses, salen de la Acrópolis.

Los siguen Lisístrata y las mujeres.

El Prítanis cierra la obra con estas palabras: "Ahora que todo ha salido según nuestros deseos, vamos, Laconios, llevaos a vuestras mujeres. Y vosotros (señala a los atenienses), llevaos a éstas. Que cada hombre se coloque junto a su mujer y cada mujer junto a su hombre y luego, tras haber festejado este feliz acontecimiento, danzando en honor de los dioses, tengamos mucho cuidado en el futuro de no reincidir en los mismos errores"

La comedia culmina con un banquete y el canto a la alegría del cornos, brillante parte lírica a cargo de un solista espartano y el coro ateniense, que, deponiendo su antagonismo, entonan un canto a Grecia, su patria común.