Las aves

PERSONAJES:

Acción: en un país imaginario, el reino de los Pájaros

Estrenada el 414 a. C.

El año anterior Atenas había enviado una expedición militar a Sicilia, concebida con gran esperanza y terminada con un estrepitoso fracaso, preludio de la derrota final frente a Esparta.

Aristófanes nos ofrece, en medio de esta desdichada empresa, una de sus comedías más originales, en la que dos ciudadanos atenienses, Pistetero ("Fiel amigo") y Evélpides ("Buena esperanza"), hastiados de la complicada vida de Atenas, de sus demagogos, de su pleitomanía, de los delatores y de las continuas disensiones políticas, deciden emigrar al país de la fantasía, en busca de Tereo, para ver si este mítico rey, convertido en abubilla, según la leyenda, había encontrado en sus vuelos una ciudad en donde se pudiera vivir a gusto.

 

Evélpides busca un lugar tranquilo para vivir

Evélpides y Pistetero pretenden encontrar a Tereo

Evélpides expone sus deseos de encontrar un lugar tranquilo para vivir: "El pajarero nos ha tratado del modo más indigno... Pretendía que estos dos pajarracos (la corneja y el grajo) nos iban a enseñar entre las aves a Tereo, convertido en abubilla, tras su metamorfosis y nos vendió el grajo ese y la corneja... y ahora resulta que lo único que saben hacer los dos es dar picotazos... ¿No es ninguna cosa rara... que pretendamos irnos a los cuervos y que, cuando estamos preparados para ello, no seamos capaces de encontrar el camino?... Porque nosotros, ciudadanos que conviven con ciudadanos, sin que nadie nos expulse, hemos salido de Atenas... Los atenienses se pasan toda su vida cantando en los pleitos... He aquí por qué caminamos sin rumbo... en busca de un lugar tranquilo, donde podamos establecernos y pasar nuestra existencia. Nos dirigimos hacia Tereo, la abubilla, deseando que nos diga si ha visto en alguna parte, por donde haya volado, una ciudad de esta clase".

Llegan al país de las Aves

Evélpides expone sus deseos a Abubilla

Llegados al país de las aves, sólo llevan consigo una olla y un asador cada uno. Un servidor de la abubilla los recibe con muestras de hostilidad.

Consiguen, sin embargo, entrevistarse con la abubilla, a la que Evélpides expone sus deseos: "Queremos hablar contigo... porque primero has sido un hombre como nosotros... y luego, metamorfoseado en ave, has recorrido la tierra y el mar volando; de ese modo, sabes todo lo que saben los hombres y las aves. Por esta razón, hemos venido a verte como suplicantes: ¿podrías indicarnos una ciudad bien lanosa para tendernos sobre ella como sobre una piel blanca y confortable?"

La abubilla les indica varias ciudades, pero ellos no las aceptan.

Idea de Pistetero: fundar una nueva ciudad

Una ciudad en el airte

Al ver al dueño de la casa cómicamente disfrazado de ave, encantado de lo que les cuenta de la vida de las aves, Pistetero tiene una idea genial: fundar, con la colaboración de éstas, una ciudad en el aire, entre los hombres y los dioses.

De ese modo dominarían a dioses y hombres interceptando el humo que asciende desde los altares de los sacrificios hacia los inmortales, con lo cual podrían obligar a los dioses a acceder a sus peticiones.

He aquí sus planes: "Lo mismo que nosotros, si queremos ir a consultar a la Pitia, pedimos que nos dejen pasar a los beodos, así también, cuando los hombres celebren sacrificios en honor de los dioses, si éstos no os pagan un tributo, impediréis que el humo de los muslos de las víctimas encuentre paso libre hasta ellos a través de una ciudad que les es extraña".

La abubilla aplaude con entusiasmo: "Jamás he oído una idea más ingeniosa. Así pues, estoy dispuesto a fundar contigo esta ciudad, si las demás aves comparten mi opinión... Porque, aunque antes de mi llegada eran bárbaras, desde que estoy aquí me he cuidado mucho de enseñarles a hablar".

Abubilla convoca a las aves a una Asamblea

El coro de aves considera a los hombres sus enemigos

Con una canción, llena de imágenes aéreas y de melodiosas imitaciones de las voces de las distintas aves, y con la colaboración del ruiseñor, la abubilla convoca una asamblea general de aves.

Éstas van llegando y forman el Coro, integrado por actores disfrazados de aves de todas clases. La abubilla se dirige al Coro en los siguientes términos: "Digo que, de entre los hombres, han venido a mí dos sutiles pensadores, que traen consigo la base de una obra colosal".

El Coro considera que los seres humanos son enemigos naturales de las aves y que, por consiguiente, los dos intrusos deben ser eliminados.

Éstos se aprestan a defender su vida. Para ello toman sendas ollas como escudos y se arman con sus asadores.

La abubilla intercede en favor suyo, alegando que, aunque son enemigos por naturaleza, son amigos de corazón y vienen a enseñar algo útil a las aves: "Pero precisamente de sus enemigos aprenden muchas cosas los sabios. La prudencia, en efecto, es la salvadora de todo. Ahora bien, no es de un amigo de quien se aprende a ser prudente; en cambio, un enemigo nos obliga a serlo. Las ciudades aprendieron de sus enemigos, no de sus amigos, a construir elevadas murallas y a poseer naves de guerra. Y este aprendizaje es el que garantiza la seguridad de los hijos, del hogar y de sus bienes".

Discurso de Pistetero

Deben rodear su reino con una muralla y reclamar la soberanía a Zeus

A fin de granjearse el apoyo del Coro para llevar a cabo su proyecto, Pistetero, con hábil retórica, hace un brillante panegírico de las aves, animándolas a reivindicar sus antiguos y sagrados derechos, superiores, les dice, a los de los propios dioses: "En primer lugar, yo creo que debe haber una sola ciudad de las aves y, en segundo lugar, pienso que el aire que la rodea y todo el espacio existente entre el cielo y la tierra debe ser rodeado de una muralla hecha de grandes ladrillos cocidos, como Babilonia... Y creo también que, cuando se haya levantado esta muralla, se le debe reclamar a Zeus la soberanía. Si se niega, si no quiere y no se vuelve atrás de su decisión, declaradle la guerra sagrada y prohibid a los dioses atravesar vuestros dominios...

En cuanto a los hombres, yo os ordeno que les enviéis como heraldo otra ave, para decirles que en lo sucesivo, puesto que ahora ya reinan las aves, hagan sacrificios en honor de éstas..."

Abubilla les acoje en su nido

Comiendo unas raicillas, les saldrán alas

Enumera las ventajas que ofrecen las aves, entre ellas los auspicios.

La abubilla acoge en su nido a los dos visitantes. Pistetero objeta: "Dinos cómo éste y yo, que no volamos, viviremos con vosotros, que voláis".

La abubilla responde: "No temas; hay una raicilla que si la coméis os saldrán alas".

Debate sobre el nombre de la nueva ciudad

Nubicucópolis

El Coro entona un canto al ruiseñor.

El corifeo hace una parodia de Hesíodo y su Teogonia, sobre el origen del mundo, el amor, las aves, las ventajas de tener alas, etc.

Aparecen con alas Pistetero y Evélpides.

Pistetero propone "poner a la ciudad un nombre grande y glorioso".

Evélpides sugiere "alguno muy pomposo tomado de aquí, de las nubes y las regiones superiores".

Se acuerda llamarla Nefelococigia("Cucópolis de las Nubes"} o Nubicucópolis (="La ciudad de las Nubes y de los Cuclillos").

Sacrificios inaugurales

Desfile: sacerdote, poesta, adivino, etc.

Ya se va cerrando el muro, por lo que hay que realizar los sacrificios inaugurales.

Ante él desfilan, en primer lugar, el sacerdote que va a sacrificar en honor de los nuevos dioses, es decir, la Hestia de las aves, el Milano dios del hogar, los pájaros olímpicos,...

A continuación se presenta un poeta y canta sus méritos: "Soy un cantor de versos dulces como la miel, un servidor de las Musas... He compuesto para vuestra Cucópolis de las Nubes muchos y bellos ditirambos... hace ya mucho tiempo que ensalzo esta ciudad..."

Tras él aparecen un adivino, que había previsto su fundación; un agrimensor, que trae consigo su escuadra, su compás y su cordel, dispuesto a "parcelar el aire y dividirlo en yugadas".

Pistetero, abrumado por la invasión de tantos aprovechados, exclama: "Se ha decidido que la emprendamos juntos a golpes con todos los charlatanes".

Avalancha de parásitos

Personajillos idénticos a los de la vida real ateniense.

Siguen llegando a la nueva ciudad más parásitos, arribistas y vividores, dispuestos a aprovecharse del proyecto: un inspector; un mercader de decretos, que pretende vender nuevas leyes;... Todos estos personajillos, calcados de la vida real ateniense, son despedidos sin contemplaciones.

Pistetero da muestras de inquietud: "Pájaros, el sacrificio nos es favorable. Pero me preocupa que no haya venido de la muralla ningún mensajero a anunciarnos qué pasa allá abajo..."

Un mensajero anuncia la conclusión de la muralla

Un magnífico trabajo

Llega un mensajero y anuncia a Pistetero: "Tu muralla está ya acabada. ¡Un trabajo de lo más bello y magnífico!... Su altura es de cien brazas... La han construido los pájaros y nadie más que ellos... Me he quedado maravillado... Sí, de África vinieron unas treinta mil grullas, que se habían tragado piedras para los cimientos; los rascones las tallaron a picotazos. Diez mil cigüeñas fabricaron ladrillos y las avefrías y otras aves acuáticas subían agua desde abajo a los aires..."

Un 2º mensajero advierte de la llegada de un intruso

Uno de los dioses de Zeus ha volado por los aires

Un segundo mensajero comunica una novedad: "Nos ha sucedido algo espantoso. Hace un momento uno de los dioses de Zeus ha volado por el aire y ha cruzado nuestras puertas, escapando a los grajos, centinelas de día... Sabemos que tenía alas..."

Todas las aves se lanzan a buscar al intruso.

Iris

Queda encargada de advertir a Zeus que los sacrificios se destinarán ahora a las aves

En efecto, llovida del cielo, aparece Iris, la mensajera divina, que es detenida y sometida a interrogatorio. Pistetero alega: "A mi entender, sería para nosotros la mayor de las indignidades, si mandamos sobre los demás y vosotros, los dioses, os indisciplináis y no reconocéis que ahora os toca obedecernos a nosotros, que somos los más fuertes..."

Iris contesta: "Vuelo hacia los hombres de parte de mi padre, para decirles que hagan sacrificios en honor de los dioses olímpicos, inmolen sobre los altares bueyes y ovejas y llenen las calles con el humo que despiden las carnes de las víctimas".

Pistetero objeta: "En este momento las aves son dioses para los hombres; a ellas hay que hacer sacrificios, no, por Zeus, a Zeus".

Tras este diálogo, Iris es devuelta a Zeus con la indicación de que, en adelante, los sacrificios de los hombres deben ser destinados a las aves y no a los dioses olímpicos.

Un heraldo anuncia el aprecio entre los hombres

Pajaromanía

El Coro canta: "Hemos bloqueado a los dioses, hijos de Zeus. Se les prohibe, a partir de ahora, atravesar nuestra ciudad aérea y, además, ningún mortal, que viva sobre el suelo terrestre, enviará por aquí a los dioses la más pequeña humareda de sacrificios".

Vuelve el heraldo enviado a los hombres y anuncia: "¡Oh tú, fundador de una tan gloriosa ciudad aérea! No sabes cuánto te estiman los hombres, ni con cuántos pueblos cuentas amantes de este país. Antes de que tú hubieses fundado esta ciudad ya estaban todos afectados de pájaromanía y llevaban los cabellos largos y pasaban hambre..."

Parricida

Reparos de Pistetero

Llega de la tierra un parricida y expone sus pretensiones: "Nada hay más dulce que volar... quiero vivir con vosotros, soy un ardiente admirador de vuestras leyes..., sobre todo de la que considera honroso entre los pájaros el estrangular a su padre y morderle... Quiero estrangular a mi padre, para quedarme con sus bienes"

Pistetero pone reparos a su admisión: "Sin embargo, tenemos una antigua ley...: 'cuando el padre cigüeño haya criado a los cigoñinos hasta que puedan volar, los polluelos deben alimentarle a él a su vez'".

Llega también un delator.

Prometeo

Cuenta el revuelo que se ha armado en el Olimpo

Entra a continuación Prometeo y cuenta el revuelo que se ha armado en el Olimpo: "¡Zeus está perdido!... Desde que habéis colonizado el aire, no hay un solo hombre que sacrifique nada a los dioses, ni sube hasta nosotros el humo de los muslos de las víctimas sacrificadas; faltos de ofrendas, ayunamos como en las Tesmoforías... Van a venir aquí embajadores de Zeus, para firmar un compromiso con vosotros... Pero vosotros no tratéis del asunto, a menos que Zeus restituya el cetro a los pájaros y te dé como esposa a Soberanía. Se trata de una joven bellísima, que administra el rayo de Zeus y todo lo demás... Si tú consigues de él que te la entregue, lo tendrás todo. He venido precisamente para eso, para explicártelo. Yo siempre he sido amigo de los hombres... y odio a todos los dioses, como tú sabes".

Embajada de los dioses para negociar

Al final hay acuerdo

Los dioses, víctimas del hambre, envían una embajada integrada por Poseidón, Heracles y un dios bárbaro llamado Tríbalo.

Heracles declara que desea estrangular a Pistetero, por haber bloqueado el camino que sigue el humo de los sacrificios que los humanos hacen en honor de los dioses.

Pistetero se dispone a sacrificar unos pájaros, condenados a muerte por haberse sublevado contra los pájaros demócratas.

Comienzan las difíciles negociaciones. Pistetero formula sus propuestas: "Que Zeus nos devuelva el cetro a nosotros, los pájaros; si llegamos a un acuerdo sobre esta base, invito a comer a los embajadores".

Heracles, famoso por su glotonería, no puede resistir el aroma que despiden los pajaritos asados y declara que está dispuesto a votar a favor de la propuesta.

En un lenguaje incomprensible, Tríbalo dice también que está de acuerdo.

Pistetero exige: "Hera, se la cedo a Zeus, pero es preciso que se me dé en matrimonio a la joven Soberanía".

Pistetero convence a Heracles con la promesa de hacerle rey y darle leche de pájaro.

Poseidón vota en contra.

Tríbalo vota a favor y se decide entregar a Basileia ("Soberanía", "Realeza") como esposa a Pistetero.

Boda: Pistetero y Basileia

El coro entona un himeneo

Tras el canto del Coro, se celebra el desfile nupcial, en el que aparece Basileia con corona y Pistetero con cetro y rayo.

El Coro entona el himeneo.